Se hace necesaria la concepción de la filosofía como un tipo de amor. Por estética moral. Por deuda histórica. Amor hacia uno mismo. Amor hacia lo que nos rodea. Es el ente único y fundamental pues nos hace libres y humanos. Nos hace obrar en consecuencia y en consecuencia pensar antes de obrar. Es el motor que propulsa y la viga que sostiene cualquier civilización moderna.
No sé tú, pero yo no concibo un mundo sin filosofía. Sería un lugar inerte, sin encanto ni razón de ser. Sería como un taller de neumática con unas piezas previamente programadas. Unas empujan, otras ordenan, otras colocan. Las más complejas obedecen secuencias que oscilan entre el 0 y el 1, mas sin salir de ahí. Todo calculado, no hay fleco suelto, no hay cabo sin atar. Nada ríe, nada siente, nada piensa, nada goza. Yo no acepto, yo no trago. Yo no adopto un modelo de vida basado en un peregrinaje existencial cual redomado borrego. Yo no tolero una existencia de contenido exenta. Un modus vivendi sin vivendi ni modus.
Cuando se gobierna, cuando se tiene el poder de decidir y la capacidad de llevar las decisiones a cabo, se contrae una responsabilidad tan de altos vuelos como de bajos fondos resulta luego la patraña legal que de ella se dirime. Máxime estando en juego la educación de una juventud que brota, de un proyecto de ser que comienza a pensar por sí solo. Esto es, los queridos jefes de nuestra nación tan pronto como agarran el cargo le meten mano al más puro estilo ibérico, el mismo que nos hace ir a la cola. Hacen de la educación un coto privado, un espacio cercado donde pasar el domingo con los colegas de partido, un merendero con putas y alcohol donde no miran por nadie y donde nadie mira cómo le ponen el culo a la iglesia.
La filosofía, como herramienta innata en el hombre desde sus comienzos cognitivos, ha de ser un camino que te haga vislumbrar el camino propio, primero dentro y luego fuera de ti. Sin ella somos conejos detrás de la zanahoria, ratones detrás del queso (entiéndase el queso como la vida impuesta). La sociedad macabra llama. El modelo de ciudadano ideal fabricado en talleres chinos se traslada luego a las escuelas. La mala leche que allá por las cotas altas de nuestra sociedad hondea enfoca al submundo. Para seguir diseñándolo. Para seguir dándole pan (el justo) y circo. Para que los padres lleguen reventados y permitan que sus hijos sean muñecos de una cadena de montaje en serie. Para que los niños “aprendan”. Para que no se pregunten. Para que a ninguno le dé por pensar. Para que no sean libres. Para que sean un rebaño de ovejas y un eslabón más, un ciudadano con número de serie, un preciado imbécil y un perfecto idiota (del griego antiguo).
Como si nacer fuese un hecho acordado. Como si la vida fuese algo con lo que traficar. Como si la propiedad privada fuese un derecho natural cuando tan siquiera nacer lo es, pues nadie previamente nos consulta. Como si la educación fuese un punto más del programa de un partido cualquiera. Como si la juventud fuese un barco al que echar el ancla. Como si el pensamiento tuviese más dueño que su portador…
La filosofía es lo único que nos queda. Para ser un poco más libres, para no ser esclavos. Para pensar, sonreír y mirar hacia delante. Para ver más allá de lo que estás mirando. Para sentir que algo tiene que cambiar… La filosofía es un tipo de amor. Amor hacia ti mismo y hacia el mundo. Porque un mundo más equitativo tiene que ser posible. Y ahora la sacan de las aulas.

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