El carnaval sin ti

O la vida sin ti, ambos títulos podrían valer. Y ahora qué haremos. Queda una generación huérfana de canto, de crítica necesaria. Se fue la ejecución perfecta, la música medida, para todos aquellos que vemos el carnaval como algo más que una voz del pueblo, para todos los que lo entendemos como una doctrina literaria. Por lo pronto solo tengo este soneto cual despedida, ojalá el destino y el tiempo me den para otro más. Me gustaría habértelo dicho en un pasodoble.

POETA DE CARNAVAL
Érase un hombre a su sombra pegado.
Érase una sombra cual vendaval.
Érase un poeta de carnaval.
Érase un ruina que tanto me ha dado.

Érase: un capitán colocado,
un pantera en estado terminal,
un hippy con un veneno inmortal,
un ladrón y un millonario chiflado.

Érase un condenao con un tinto.
Un ángel negro que demonio luego.
¡Bohemio sin final! Y un gondolero.

Érase un guiri, un paria distinto.
Un golfo y uruguayo aldeaniego.
Érase un poeta del mundo entero.

No sé si la vida es más injusta que justa es la muerte. No sé a quién culpar. No sé a quién mirar ni en qué remoto lugar del frío refugiarme de mis pasos como cuchillos. No sé si obedecer a la rabia. No sé si abrazar al desencanto. Tu legado sonará intacto. Tu guitarra, aunque dormida encenderá la calle, cada esquina y callejón. Cada barrio y andar en ti embriagará su devenir girado. Gracias por la luz, lúcida hermana tuya. Gracias por los vientos en tus notas sonantes. Gracias por el hueso hecho canción. Por el alma hecha verso. Por la vida elevada al séptimo arte y al noveno traste de un mástil infinito, atemporal y níveo.

No le temo a la muerte. Le temo a la ausencia de vida. Le temo a la vejez si no delira. Le temo a lo fugaz de la juventud. No le temo al tiempo ni a la eternidad. Le temo al tiempo sin tus versos, cual eternidad sin ti.


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