La identidad es al hombre lo que el amor es a la vida. No hay de lo segundo sin lo primero en ambos casos, igual que no hay primaveras sin amantes ni veranos sin tardes que duren hasta el amanecer.
La identidad es un ente, tan impersonal como propio. Impersonal puesto que no se elige, nos viene impuesto al nacer. Propio porque carga contigo y tú con él, cual saco o mochila que te acompaña. La identidad no se elige, no se presta ni se compra. Tampoco caduca, ni cambia de portador. Es tuya y única, puede moldearse a orden y demanda pero nunca cambiarse por otra. A menudo se pierde, y unas pocas veces te la encuentras en alguna calle o esquina cualquiera, sin esperarla. La identidad es el traje que sin costuras te viste a diario. Lo primero que te pones al salir a la calle. A veces hay que lavarla pues acumula suciedad, por lo que algunos deciden acopiar otras cuantas de recambio, mientras otros preferimos salir desnudos al mundo.
La identidad te arrastra a veces a los oscuros suburbios de la existencia humana. Te hace besar el mal y desear el bien. Es el código primario, el punto de partida y el cáliz de nuestro ser más primitivo. Aporta sentido y carga de valor a la existencia.
La identidad nos oculta o nos revela, nos empuja o nos retrae. Nos consuela o nos abandona. Nos da cobijo o nos deja caer. Hay tantas identidades como almas habitan el planeta, pero no tantas como personas pues el ideario y baúl imaginativo de aquel arquitecto que nos creara era finito y su presupuesto limitado. Hay mucha gente que por desgracia piensa igual, gente que piensa a través de otra, gente que no piensa, gente que piensa lo que su vecino, primo o cuñado le dice que tiene que pensar, y gente que acude a la identidad colectiva cual refugio y fuente para beber pues carece de identidad propia. Y también hay personas a las que ese arquitecto de un alma se olvidó prover y asignar.
La identidad es unas veces el reflejo de nuestra mejor versión, de nuestro yo más latente, lacerante y vital, de nuestros recuerdos más profundos y preciados, de nuestros seres queridos y de los que ya no están, de nuestros hijos, y de aquel hijo de nuestra madre que a veces no encontramos, y que en ocasiones suele responder a nuestro nombre.
La identidad es manto y abrigo para unos, y soledad fría e invierno afilado para otros. Nuestras vivencias y actos que en gran cuantía obedecen a nuestra versión más irracional van dando forma y forjando el molde que nos entregaron al nacer.
Si la tienes, no la emprestes, ni la vendas. Si la ves frente a ti, no la dejes escapar. Una vez me preguntaron que cuál es la persona que más quiero en el mundo, a lo que respondí mi hijo, y a lo que me espetaron: “error, la persona que más tienes que querer eres tú mismo”. Me cagué en su puta madre, me bajé del coche y no le he vuelto a hablar. No tengo un ombligo tan ancho. Ajolá lo tuviera pa ponerme un pirsin de esos guapos. Con tener una identidad clara y nítida me basta. Con que no me abandone ni salga a por tabaco me conformo. Con que me tenga en cuenta y me quiera un poquitín me vale.
Y tú, querido lector, ¿qué identidad quieres? ¿Estás contento y conforme con el trozo de carne que te ha tocado habitar? ¿Eres siempre tú mismo, en todas las circunstancias y situaciones, y ante cualquier persona o contexto? ¿Nunca has tenido una crisis de identidad, también conocida y comúnmente llamada crisis existencial? Por desgracia nuestra identidad, aunque viva en nosotros, no nos pertenece ni a nosotros mismos. No tenemos su patente ni la exclusividad. Tu identidad es a veces poliamorosa, se arrima al sol que más calienta. Y si está nublado se va con el pavo que más dinero tenga. Y si no tiene dinero se va con el que más followers acumule. Y si no tiene seguidores se va con el que más grande la tenga (la identidad me refiero). Habitamos una tierra hostil y un futuro más incierto que los pactos del gobierno a semana vista. Desde el ruso hasta el americano, desde el rey hasta el pobre vasallo. En este mundo de locos, de hipocresías, de asociales redes y de conveniencias, dentro del baile de puntiagudas máscaras y exasperadas vanidades, ¿con cuál de tus trajes te quedas? Si sólo tienes uno y con orgullo lo portas, mi más sincero reconocimiento y enhorabuena.
Ya lo decía mi madre, no hace falta tener tanta ropa, cojones (y una madre nunca se equivoca, y rebosa identidad).

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