Soy exigente, perfeccionista, analítico… Seguramente resultaré gilipollas a más de uno, y a otros lo contrario. Ese es el doble efecto y la doble vara no de medir sino de que te midan, de la gente que quizás es algo carismática. Para mí una obra en el momento preciso en el que deja de ser personal abandona y pierde el grado, rango y significado de obra y pasa a convertirse en algo completamente distinto y distorsionado, en una cosa que otros quieren escuchar en vez de en algo que el autor quiere decir, contar o cantar. Lo que comúnmente se conoce como prostituirse. Si un cantautor, poeta… no le canta a algo suyo, ¿a qué cojones le va a cantar? ¿Al BBVA? Ya luego cada cual que acercarse quiera se lo llevará más o menos a su terreno, le recordará a algo o a alguien suyo. Esa es la magia y lo que hace que la música y la canción individual pueda transformarse en colectiva y llegue a las masas.
La mayoría de lo que se canta en carnaval es falso, mentira. Es como la empresa que fabrica la canción para el festival o como Melody en Eurovisión. Es pensar a qué tengo que cantarle para conseguir esto que puedo obtener: puntos, reconocimiento, premios, concursos… Por desgracia el mundo en sí es falso e hipócrita y un poderoso caballero anda gobernando y ganando elecciones por todos los rincones y accidentes geográficos. Cuando un artista, de cualquier variable del arte, es auténtico quiere decir que es él en esencia, porque su obra es original y propia y su pensamiento es libre y en cierto modo virgen, no está movido, corrompido, motivado ni influenciado aún por todo lo que atrae y trae consigo la fama, ni por el qué dirán, ni por el qué han dicho o van a decir. En definitiva, su obra apenas está expuesta aún a la crítica, y eso hace que se muestre espiritualmente desnudo y sin complejos.
Si el artista es bueno su obra será seguida. No gustará a todos, pero al público que llegue, las personas con las que conecte lo harán precisamente porque inconscientemente agradecen esa frescura. Lo que unos ven abstracto y recóndito otros lo ven de un blanco nítido, claro y fácil de comprender y entender. Aunque a veces las palabras no sean comunes habla el corazón antes que la cabeza y ese lenguaje suele ser bastante más profundo y universal.
En sus primeros años Juan Carlos Aragón no tenía tapujos. Era más bestia (en el buen sentido), libre, atrevido, valiente, sincero… y te entrecogía el pecho con esas músicas que pellizcaban y daban calambre. A los que nos gustaba su estilo debe ser como al que le gusta Martínez Ares y le mola más el Vapor, la Ventolera… que la Chusma Selecta o el Perro Andaluz. Esa ilusión, esos primeros años, ese despertar, esa juventud, de motor y empuje. Ya luego la vida te va cambiando, en algunas cosas para bien y en otras muchas para mal. La madurez no siempre trae consigo brillantez artística. Se puede ser más comedido y correcto, pero menos pasional, expresivo y explosivo literariamente hablando. Siempre me suelo quedar y suelo tirar para lo joven y para la juventud misma, en detrimento de la madurez, la vejez y la sensatez en este caso. Hablo de lo artístico. En otros aspectos de la vida tanta potencia sin control puede no ser buena pero las emociones deben transmitirse o canalizarse lo más cercano y parecido posible a como a uno le nacen. Siempre con un mínimo de sentido, gusto y habilidad para transmitir. No vale poner a uno burro pegando gritos cuando se quiere aparear.
Juan Carlos hablaba un idioma complejo, no accesible para todo el mundo, pero los que compartíamos lenguaje con él lo entendíamos mejor de primeras que de últimas, aunque de últimas se le comprendiese más y mejor vocalmente hablando. De últimas sus obras tenían mucho más valor artístico, se podía medir y era tangible el grado de teatralización, de sofisticación. Siempre pongo como ejemplo a Los Mafiosos. Para mí la comparsa mejor actuada, interpretada, ejecutada… de la historia del carnaval. Es otro nivel, no he visto nada igual. Pero en los Ángeles Caídos encuentro al Juan Carlos que necesito, al Juan Carlos salvaje que me hechiza y que me transporta. A donde él quiere, yo me dejo. Con Los Millonarios te lleva a donde el personaje tiene que ir, a donde la historia de cada pasodoble va, pero no te catapulta ni te lanza al mismísimo carajo en business. Al cielo de la imaginación, al éxtasis ni al orgasmo no ya carnavalesco sino literario, musical y artístico. El talento debe siempre rebosar, nunca se debe medir, encauzar ni tratar de canalizar para que guste, para que entre por el cuello de botella de un concurso, de un jurado o de un reglamento. Se hizo el arte para el que sabe o alcanza a valorarlo y está a la altura. Pero no se hizo para llegar o gustar a los que no saben o no pueden reconocerlo, o para los que lo practican con extrema dificultad.
En cualquier caso, ¿quién está capacitado o es apto para opinar qué es bueno y válido y qué no? Porque yo puedo decir que Vinicius es malo si aguanto mejor 90 minutos, si corro más y si regateo mejor que él, pero si la vida me ha hecho un monguer como dice un buen amigo mío, criticar a Vinicius en exceso es irresponsable y temerario. Luego por otro lado también se puede decir que Morata es malo, pero con esto nada de lo anterior aplica puesto que esta es una verdad universal y absoluta, aprobada por la UEFA y por la ONU. El que diga lo contrario que juegue mejor al Polo o al Squash.
Así que esa búsqueda de la perfección y esa exigencia tan alta y desmedida es un arma de doble filo. ¿Cuántos de los grandes se han quejado de eso? ¿Cuántos han abandonado y se han retirado (al menos un tiempo) por eso? Por vivir con esa presión absurda e innecesaria, por empeñarnos en convertir el carnaval en algo que no es (folclore popular, fiesta de música y letra, y sobre todo cuna de libertad). Al final giramos y nos lo llevamos hacia las cloacas de lo artístico, hacia los oscuros suburbios de la condición humana (crítica, comparación, competición…), lo cual es en cierto modo normal porque el carnaval lo conforman humanos, pero sería más sensato e inteligente disfrutar con él de sus autores y no exigir ni criticar tanto. Si una persona me critica lo primero que hago es decirle: hazlo tú y hablamos y comparamos lo que tú quieras. Esa profesión de crítico de nacimiento la detesto. Puedo entender que nadie te obliga a ir a un concurso y ese concurso tiene una tradición y unas costumbres y normas. No obstante, todo es mejorable y debe hacerse desde dentro.
Si un pasodoble no es personal estaría hecho por la IA. Y a la IA también la configuran personas así que en cierto modo también podría considerarse personal, de un chiquillo en Wisconsin con otro de Seúl que lo han programado en el taller del novio de la madre de uno de ellos. Toda obra original y verdadera es personal. La temática puede variar y ser más o menos propia, cercana o ser más social, general, nacional… pero siempre desde la óptica del autor, por tanto sigue siendo opinión personal y algo subjetivo. Defiendo y abogo por lo personal y no por el arte fabricado por y para un fin concreto o determinado. Un pasodoble muy personal no es para el concurso, estoy de acuerdo. Pero también sé que gustaría mucho más que los 700 que se cantan de turno en él cada año, todos cortados con la misma tijera, fabricados con el mismo molde. La sensibilidad no frecuenta el certamen y el público real, el que sigue y ve el concurso sin más pretensión que la de disfrutar de lo verdaderamente bueno, el que no “vive” de criticar ni disfruta haciéndolo, valoraría más y mejor ese tipo de letra, más cálida y reconfortante.
Entre cantarle a un hijo (casi todos tenemos o hemos tenido) o cantarle al presidente del gobierno, si de verdad en carnaval buscamos la belleza, la poesía y la música real, debe prevalecer lo primero. Cualquier cosa distinta no es carnaval, es o se parecería más bien a un concurso de televisión en el que da igual quién salga y qué haga, porque lo que más importa es el dinero que pueda generar.

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