El simple hecho de no situarte frente al neutral, esclarecedor y comúnmente denominado espejo de los demás te hace ser cabezón. Si alguien te dice que eres cabezón y tú le dices que no, ese temerario, controvertido y arriesgado ejercicio te convierte automáticamente en una persona cabezona.
Si alguien me dice que soy cabezón, de primeras lo admito a trámite. Luego lo analizo y, si procede, me dispongo a debatir los motivos. Tras y como resultado de esto el juez que habita en mí dicta sentencia acerca de si soy cabezón o no, en base a lo que la otra persona me trasladada y a lo que yo opino. Si resulta que gano, alguna parte pequeña dentro de mí lo celebra y se resarce. Mas ello no pretendo sino llegar a una conclusión elemental, fidedigna y sostenida.
Esa falta de imparcialidad con uno mismo es lo que convierte a una persona en cabezona. Yo dudo de todo, y sobre todo y más que nada de mí mismo. Cualquier corriente eléctrica que mi masa cerebral conduce, procesa y usa para pensar y que tras ello mis labios transforman y reproducen en forma del sonido que emito al hablar, contando o sin contar con el citado agente craneal, algo dentro de mí (llámese subconsciente, razonamiento espacial, sentido común o su puta madre) lo pone en duda, lo aparta, lo deja en stand by y en observación para que luego otra segunda capa o submundo interior lo coja, lo desempolve, lo desnude, le de una vuelta en moto sin casco para que vuelva con el flequillo empalmao, le haga parar en cualquier club de moral laxa y escasa salubridad y, por último y después de todo lo anterior, lo parta en dos y lo diseccione.
Recuerdo debatir con la matriarca de mi clan (dícese también familia, monoparental a efectos prácticos). Resultaba más fácil hacer cambiar de idea a un cirujano que tiene que abrir para salvar. Yo lo veía de un blanco nítido, claro, virgen e inequívoco. Ella lo veía de un negro tizón, lo cual me generaba impotencia y frustración, entre otros. En su momento la juventud y la discusión familiar pueden conducir por un acerado revestido de orgullo, de no bajarse del burro ni dar tu brazo a torcer, de no ceder y de buscar una honra o victoria absurda y que bajo la óptica de la proyección temporal y los años vista, te hacen necesariamente disparatada y careciente de valor alguno añadido.
En ese momento pude haberme dejado llevar por mis sentimientos, por el coraje o la ira de una discusión paternofiliar en erupción y efervescente, y también pudo haberlo hecho ella. Mas yo no lo hice. Yo, o lo que mis sentidos me hacían ver, la información que me proporcionaban, era real, clara, verdadera y paciente. Paciente en lo que respecta a esa tranquilidad interior que se te reproduce dentro de ti al tener la certeza de que estás siendo justo y consecuente con la realidad y contigo mismo, que tienes y estás diciendo la verdad y que posees una razón que ni quieres ni necesitas para ti, ni para nadie. En cambio en ella se conjugaban otros factores e ingredientes tales como la edad (la comúnmente conocida como crisis de los 50), la situación vital y personal (una persona de esa edad lo tiene más jodido que un niño de 17 años), los problemas con el marido, el llevar palante un trabajo, una casa y una vida… en definitiva factores ambientales condicionantes, en ciertas dosis nubladores de la razón.
Jamás conseguí hacerle cambiar de idea en absolutamente nada. Aunque acabara de suceder y mis oídos hubiesen firmado un contrato y acordado un pacto de no agresión con la veracidad, y lo mismo mis ojos con la realidad. Yo lo vivía y lo almacenaba en un cajón fiable del armario de mis emociones y de mi memoria, y ella parecía distorsionar ese pensamiento y esa realidad. Esa frustración real, voraz… a día de hoy me acompaña, y aunque de más liviana manera, sigue pesando.
¿Acaso sus sentidos eran tan distintos a los míos, viniendo y habiendo nacido los míos de los suyos? ¿No da por pensar, que al menos con tu hijo, que se configura de ti y de tu ejemplo, merece la pena no ser tan inquebrantable, tozudo, aislado y duro como una roca? Al menos entrar, acceder… a debatir. Poner en beneficio la duda antes que la sentencia. Escuchar, no cerrarse en banda ni defender un pensamiento a ultranza, tan distinto y contrario.
Hay que ver, lo curiosa que es la vida y la intiligensia humana. Lejos de tomar ese ejemplo, de alguna desconocida forma y superviviente manera, mi cerebro dio un giro, un paso hacia atrás, para coger carrerilla, para tratar de vislumbrar otra salida… Cualquiera posible, pero distinta. Gracias a eso hoy día escucho, respeto… las opiniones de los demás. Y aunque soy tozudo, aunque mi herencia genética me invita a ser cabezón, mi aprendizaje propio, mi capacidad de resiliencia… me hacen detenerme ante cualquier indicio, ante cualquier envalentonamiento y paso al frente, para no defender mis ideas a ultranza, para oír al prójimo y al prójimo que tras ese primero venga. Para desoirme. Para bajarme y rebajarme. Del carro y la escalera hacia el cielo de mi propio egoísmo. En definitiva, para no ser cabezón. Y si ves que lo soy dame un zapatazo en la cuenca del ojo y una buena patada en los huevos. De esas que son efectivas de verdad, sin mariconadas. Que una buena llave de judo en los testículos no es agresión. Es historia y un derecho adquirido. Para mí la igualdad es no tener un huevo colgando más que el otro, y ya está que me desvío y desvarío y no sé ni de qué estoy hablando.
No sé si es el desbordante/apabullante sentimiento de lo que es justo, que me viste y cose mis más internas costuras. No sé si se trata de la convicción y necesidad de ser imparcial, objetivo, veraz y real, que me corroen. Pero no puedo con lo que mis sentidos me dicen que no es. Y aunque cada cual tenga (y posea el legítimo derecho a tenerla) opinión propia, mi eterna y autoimportada deuda con el sentido común (que por otro lado y en ciertas ocasiones pierde el grado de sentido cuando llega a común, pues por desgracia la mayoría de gente no suele pensar o si piensa lo hace con extrema dificultad) hacen que, aunque en el fondo crea veraz lo que pienso y digo, me intente poner en duda y escuche al otro interlocutor, para no caer en el profundo pozo de la cabezonería.
Ser cabezón (y ya termino) es jodido, pero más peor aún (mamá, no me corrijas que lo he escrito mal queriendo) es, si cabe, ser testarudo. El cabezón defiende sus ideas, es fiel a ellas (aunque esto no conlleva ser fiel a sí mismo) y las echa al ring de pelea, sin mirar ni tener en cuenta a quién puede tener enfrente. Mas es posible terminar haciendo cambiar de idea al cabezón.
Al testarudo, por el contrario, no le da para una cosa ni para la otra. Lo que tiene no se puede llamar opinión, es algo que le han metido con sacacorchos y luego han cerrado corriendo, y claro eso nunca queda bien. Y lo que oye ni tan siquiera alcanza (el pobre) a entenderlo como opinión ajena. A él, otro igual que él (que suele tener rango, parentesco o grado de padre/madre) le han dicho de pequeño que esto y lo otro, y la realidad misma, son así y ya está, y no preguntes porque no te he enseñado a preguntar y si alguien te enseña yo no te voy a responder. Este perfil obedece a una educación necesariamente basta, ruda y salvaje como una mula que en celo grita, o un arce que se levanta y sin más motivo que el de haberse levantado, berrea. Por nada, para nadie y sin ningún pretexto, pero él berrea que berrea hasta quedar afónico y tener que ir a la farmacia de guardia del bosque a por un strepsil.
El testarudo no es que no cambie de idea, es que lo que tiene no son ideas sino cosas, sin más y sin catalogar, e inclasificables. Tiene conatos de pensamiento y que no, que no te va a dar la razón porque no le llega, no lo ve por más que se lo expliques, no le alcanza ni le riega. Ea ya he tenido que faltar, pero es que no sé cómo mejon explicarlo, y a veces un borderio simple y claro ahorra mucho tiempo, explicaciones y escritura.
Al cabezón, aunque te costará, menos o muchísimo más (dependiendo del grado), conseguirás finalmente hacerlo entrar en razón y te escuchará (un poquito al menos), si es que la razón la llevas tú.
Y te lo digo yo, que ni soy cabezón ni decirlo me convierte en ello. Que yo soy cabezón??? Yo???? Yo que voy a ser cabezón. Tustaloko.
Kiyo cabesa, ayer me dijeron que soy cabezón. Y pa cabesa cabesa…
Amén.

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