El amor ideal es el que nunca se tiene. El amor real es el que nunca se quiere. Del primero depende el segundo, de nuestra idea y concepto de amor y de lo que esperamos de él (nuestro grado de idealización). El amor ideal es la suma de lo que hemos visto y leído, de nuestros sentimientos más profundos y primarios, de nuestro código genético y de nuestras expectativas menos realísticas. El amor real es la resta de esa idealización que tenemos del amor menos nuestras experiencias y las personas que se han cruzado en nuestro camino. Teorizar sobre el amor es arriesgado, siendo este una de las cuestiones más prácticas y que menos se presta a etiquetas, teoremas, diagnósticos y recetas, del ser humano.
El amor es la trampa de Dios, que rezaba un malagueño tan gaditano… Nos embauca y nos roba la razón. Nos hace libres de nosotros mismos y de lo que nos rodea, a la vez que nos convierte en esclavos de su doctrina y dogma. El amor es el tiempo que nos queda por vivir, pues sin amor no hay vida o al menos no de la aprovechable o de aquello que la vida debería ser. Sin amor la vida se transforma en simple y plana existencia, bagaje y sendero gélido, sin vistas al mar y de contenido exento.
El amor es el atardecer incrustado en la playa, el rostro clavado en la retina, la caricia que revive en la mirada que se te queda, del beso que te roba el alma. El amor es ese instante colosal, fugaz, pleno y severo. No son precisos más que unos segundos, minutos que se convierten en horas y que luego se multiplican dentro de ti por años… en forma de recuerdo. El amor es ese sueño primero, esa sonrisa temprana de niño, ese te quiero que no se dice y en lo más hondo quema. El amor nos transporta al origen, desde el fecundo vientre y el llanto precoz al calor de los brazos en sangre de una madre que nos arrulla y nos da cobijo, hasta el beso en la frente que nos hace de despedida sobre aquel ser querido que respira sus últimos alientos sobre la tierra.
En compañía el amor se vive más y mejor. En soledad se sueña y se llora. A veces la vida nos arranca del pecho el amor en forma del hijo que se va, del corazón que parte y no regresa… El amor es el anhelo dulce, la ternura contenida, la timidez y el sonrojo juvenil. La palabra que te rompe y que sonante retumba en tus entrañas. Es el beso valiente que atraviesa miradas de épocas pasadas y que derriba estereotipos. Es la explosión de juventud en dos cuerpos que se beben y se devoran. Es la madrugada que te llama a repetir y que corre delante tuya. Es el descanso y el retiro vacacional en la memoria de un viaje en familia, del que escapas cuando dormir ves a tus padres en busca de esa joven de melena pintada de sol y de salitre enrubiada, que te empuja y te mueve, a sentir y a conocer el amor en todas sus magnitudes, vertientes y formas, con todos sus matices y olores que se te clavan y que luego te llevas de vuelta en la carretera, y que te acompañan y te transportan cuando el tiempo pasa de largo.
El amor debe ser consumado mucho antes que escrito, mas algo después de cantado. Cántale al amor siempre que puedas y verás cómo abre sus alas, te recoge y te lanza por las nubes. Hacia un infinito cercano y leal. Hacia un universo alcanzable y no perecedero. Porque como dijo un sabio, con amor y canción la vida dura más.

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