La definición y el concepto endémico de tierra se me antoja excelso en cuanto a significado, edulcorado en cuanto a contenido y adulterado en cuanto a aplicación. La única tierra posible, plausible y efectiva es la que sirve de cuna y de nido, y la que te da de comer. Aún no he visto a nadie sembrar patatas en una avenida.
El sentimiento localista o de elevada pertenencia a un lugar me preocupa y asusta a partes iguales. Pertenecer lo que se dice pertenecer tan solo nos pertenece nuestro propio cuerpo, y a veces ni eso, pues más en cuando que de vez la masa simpática craneal y el simpático mecanismo de articulación de palabras de turno de algunos iluminados chocan, dando esto lugar a la aparición y pura manifestación del fenómeno de la catarsis del chovinismo local bautizado, convencido, confeso, convertido, converso y auto apodado localismo.
El localismo por definición histórica es una contradicción de principio a fin y en todas las vertientes, aristas y direcciones posibles. ¿Quién es dueño de una tierra que fuera apropiada, adquirida, ocupada, expropiada o simplemente rodaba? ¿Qué escalón de tu árbol genealógico alcanzó y abrió la puerta de tu querida y añorada patria chica? No elegiste nacer en ella, pero el hacerlo sin querer y sin consentimiento expreso te da derecho a gobernarla y a decidir sobre su mal apodado destino. Mi tierra termina tras el último paso que conforma la pisada de mi hijo. Después de su paso al andar y de su huella al pasar ya para mí no hay ciudad que adorne ni que merezca un canto, un poema ni un pasodoble de carnaval.
Por norma general los nacionalismos se curan viajando. Pero los localismos resultan más complejos de erradicar si cabe, del subconsciente. Hacen menos daño pues disponen de menos recursos, presupuesto y defensores de causa, pero son más “inrritantes” como disimo asquí. No guardan un motivo ni un componente indioilógico, ni siquiera romántico, ni tienen un partido apolítico detrás, ni tampoco delante. Son tan solo un puñado de gente que quiere a su tierra, y que le escribe y le canta, algunos con más encanto, acierto y dulzura, y otros con una torpeza incrustada, ilustrada y manifiesta, amén de un “racismo” adherido e impreso hacia todo lo que viene o llega de una frontera distinta y por tanto extranjera. El localismo no suele implicar catetismo al menos como concepto añadido o ligado, mas suele presentarlo y representarlo en un porcentaje elevado de la demografía terrenal. Es un denominador común y un simple motivo y hecho logístico y geográfico: el localista no sale de su barrio ni conoce mundo, gobierno ni nación alguna tras él. El nacionalista sí que sale y mueve el culo, casi siempre por conveniencia y dinero.
Si tuviera que elegir entre nacionalista o localista me quedaría con el ciudadano del mundo, que eso está muy de moda ahora. Tú que vas a ser ciudadano del mundo, teskíya. Personaje. Un ciudadano verdadero del planeta no tiene un BMW X2. No me seas esnob. Hippie y moderno son conceptos insolubles. Para vivir en armonía con la tierra tienes que romper el aifon, las gafas de tu jefe y pincharte a ti mismo las ruedas del coche para irte a vivir al Palmar que es lo que se lleva, con una furgoneta de paquetería restaurada, sin ventanas pues quién necesita aireación en agosto, con lo bonito y personalmente reparador y gratificante que es que no salga la caló y que tengas que echar WD40 pa despegarte la pierna unida cual umbilical cordón a la mugre del sofá camperizado. Si eres hippie convencido, convertido y sin cuenta en ING te duchas en navidad y porque lo que huele no es el marisco que lleva unas horas fuera de la nevera sino tú. El hippie de corazón tiene 4 cabras y 5 gallinas en un corral sin alambres, sin alta en la Seguridad Social y sin seguro de irresponsabilidad civil. El hippie hippie sobrevive vendiendo collares de esos que ni son bonitos ni te los pones en tu puta vida, y quesos con menos control de sanidad que el restaurante chino de Madrid. El hippe de alma se mueve en una bicicleta de 1975 que hay que amenazarla para que ande.
Mi tierra es el amor a mi familia. Mi patria es dormir junto a mi hijo. Mi continente es oírlo reír y verlo correr. Y mi mundo termina en Cortadura. Yo ni nacionalista ni localista, pero tengo un nabo como la torre de preferencia (y perdón por lo de torre de preferencia, que es emprestado del más grande).

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