Domingo de noviembre. A menos de un mes de cumplir tus tres años. De nuevo sale el sol tras varios días de lluvia y con él, mucho antes que el día, amaneces tú. Te despiertas y dices:
– Quiero darle un abrazo a papi.
Y mientras me fundes en tu abrazo:
– Te quiero, papi. Te quiero mucho.
Aunque la nube terminó tapando otra vez la bola de fuego, a tu sol no existe vapor ni fenómeno otro alguno que lo pueda cubrir.
(Música de Araka la Kana)
Si capturar mi sombra de luna pudiera
y amamantar con ella mis sueños dormidos,
disolvería el mundo por cada frontera
para regarlo de una primavera
de amantes laicos y blanco latido.
Del paso hasta la estrella que alumbra encendida
mirando desde arriba cual guiño de un dios, ay dime tú si puedes ver
las cordilleras de un Saturno que se oculta y vuelve a renacer
asomándose al balcón de sus anillos, sonrojado y afligido.
Cuántas cosas silenciosas hoy explotan sin darnos cuenta…
Desde el llanto de un padre en el cielo al delirio de un ángel
que aparece, atraviesa y se expande por verte de cerca.
Y escondido tras la nube brilla aquel amor de risas que retuve
para acompañarme cuando las mañanas vuelvan a sangrar…
Canta otra vez la collalba. La lluvia me salva. Clarece un te quiero.
Viste de azules la vida. Suturan heridas. Tu luz va primero.
Hoy me siento el corazón palpitando entre unos huesos que tiemblan de celo y de envidia.
Amanecí con tus besos clavados, tan inusitados como sueles tú,
al calor de una cama, fundida y temprana, en un sol de domingo.
Yo ya no sé si me paras el tiempo o si lo mueves tú
con tus tres años. Ay… siendo tan niño.

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