El trabajo es lo primero

He trabajado como un siervo más de la mitad de mi vida, como un esclavo. He vivido para el trabajo y gracias a ello he llegado a tener un cargo “relevante”. Y no porque yo haya querido. Así me lo inculcaron y me lo hicieron creer, desde pequeño. “El trabajo es lo más importante”, me decían. No puedo estar más en desacuerdo, pero va en mi ADN, en mi configuración, y no resulta fácil combatirlo. La formalidad no sirve de nada. Todo lo que te hayan contado al respecto es mentira. El verdadero honor se viste en los tuyos, en los que incondicionalmente te quieren. Quien piense que su trabajo le honra, cuando en aras del capital su empresa le de la espalda (y la patada) se va a quedar desnudo y vacío en medio de una plaza llena de gente. La única honra que practico, quiero y necesito termina en mi hijo. A mi jefe que le den por culo, con perdón (y también sin él). Y si lee esto lo entenderá. Y si no lo entiende no lo acepto como jefe.

He trabajado más de media vida (sin contar la educación). Le he dado más vida a mi trabajo que salud me ha devuelto él. Y se supone que hay que trabajar para vivir y no al contrario. Y los años corren, sin piedad, y no preguntan ni miran atrás. Ni el de Director de Área (o Area Manager, puesto que todo va ya en inglés; tu puta madre Abascal va en un castellano nítido sin embargo), ni todos los cargos que ostente o idealmente ostentara, me harían cambiar de idea, ni pregonar el trabajo cual termómetro o regla para medir o cuantificar la vida, la valía o la personalidad de un individuo, o individux. Como si la vida se midiera en likes, o en unidades de decenas por mil en la nómina. Que por cierto Individue ya no se lleva, ahora todo va con la X (sin género). Está de moda no tener género (también podría ponerse de moda no legalizar partidos inconstitucionales dentro de la democracia constitucional). Si yo me siento un transformer perfectamente puedo y debo acudir a la comisaría de la Policía Nacional de mi municipio, y al de turno decirle:

– Manolo, porme una T ahí ener DNI. Ni H, ni M, ni X. Una T.

– ¿De Transformer?

– No, de Tus muerto. Y ya de paso quítame la multa.

– Eso es ahí enfrente, en la local.

– Entose me llevo mi DNI a otra parte y te renueva tú el coño, Manolo.

La vida no se mide en carreras, ni en másters comprados, como tampoco un currículum debe confeccionar una opinión, ni determinar un prejuicio ni a una persona y su grado de valía. El único trabajo que entiendo y comparto es el vocacional. Esa gente que ama lo que hace, que le apasiona, que siente ese noble deseo de aportar a la sociedad. Ese (no)trabajo es el que de verdad nos hace crecer y avanzar como especie. El científico, el investigador, el ingeniero, el médico, el creador, el embajador de lo humano, el voluntario, el juez imparcial y honesto. El trabajador en silencio, el que contribuye y rema. Y en el otro lado y bando siempre encontraremos a la desorbitada y gigantescamente inflada clase política que habitamos, que nos (des)gobierna. Esos encarnan y confieren el otro extremo. De 50 aporta 1. El resto son duplicidades, concesiones a dedo, cargos vitalicios y muy poca vergüenza.

Todo lo que he conseguido no sirve para nada. Al menos en términos humanos. Como si no estuviéramos hechos de huesos, carne, sangre y por ella hierro. En mi caso particular, aporto mi grano de arena, mediante una energía limpia, para un mundo mejor. Pero el que invierte no piensa en la huella de carbono ni en nuestra querida y forjada en ozono capa, que tan singularmente nos protege. Piensa en los ceros de cada cierre bursátil. Todo forma parte de un entramado y despiadado negocio, pues se ansía tanto el bien que a través del dinero se intercambia, que de bienes muere el hombre colmado y a su sed nunca corresponde (ni tampoco calmarla consigue).

Solo sé que no tengo nada. Que no sé nada también. Pero, en este caso, sé perfectamente que con tanto bien material que poseo y por más que la vida (o yo mismo) me quiera regalar, nunca jamás tendré nada. Bueno si, tengo una cosa. La más importante de todas las que se pueden tener. Tengo el amor carnal, humano y casi divino a veces, de mi hijo. Ese es el único bien que me ocupa. Ese es el único trabajo (y trabajo en mayúsculas) que me honra. Ese es mi mayor logro, mi más alta consecución y mi techo. Lo demás es ir a trabajar porque me obligan. El Estado, Pedro Sánchez (que puesto que tiene la culpa de todo como dicen por ahí, este caso no iba a ser menos), y los impuestos. Las facturas del ONO y el Canal Plus no se pagan solas. La hortaliza y el verde y vitamínico fruto tampoco.

Trabajo para vivir, en una contradicción tan dolorosa y sangrante como constante conmigo mismo, con mi yo no consciente. Pues como dije me educaron en la importancia y el vigoroso honor de lo laboral. Y a mí la empresa me importa tres carajos. Bueno uno, por si me lee el dueño.

Salud, juancarlismo y amor. Y al San Pancracio mejón ponerle una lonchita de jamón de Jabugo, que el pobre con tanta hierba ya no sabe si es santo o demonio, o si tiene que dar trabajo o liarse un canuto, de tanta hoja seca. Amén.


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